30 de mayo: De la alegría rebosante al luto permanente

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Por juan Carlos Arce

Hoy se cumplen 1095 días de la mayor marcha en la historia del país, realizada el 30 de mayo de 2018, día en que celebra el día de las madres en Nicaragua, ese día de alto valor simbólico la naciente organización Madres de Abril convocó a una marcha en solidaridad con las decenas de madres que habían perdido a sus hijos producto de la brutal represión ordenada por el ejecutivo.

En 2018 era parte del equipo del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, CENIDH, como lo veníamos haciendo desde la primera marcha el 20 de abril, nos dispusimos a acompañar la marcha y a las madres.

Desde días previos veníamos monitoreando el discurso gubernamental y la convocatoria a una concentración ese mismo día en la Avenida Bolívar, a unos dos kilómetros de la ruta de la marcha de las madres. La campaña gubernamental desde radios y canales oficialistas estaba marcada por un tono violento.

Recuerdo un video cuyo mensaje era: “…Encendamos la noche, pongamos el llano en llamas, pongamos el llanto en llama, pongamos la noche en llamas, por huevo tiene que amanecer”. Sin duda una acción que pretendía mediante el miedo la desmovilización de la ciudadanía y que a su vez demostraba el miedo ante la inminente perdida de las calles.

En lo particular me preparé para una marcha muy tensa, pero nunca me preparé para la masacre de ese día. Llegó el miércoles 30 de mayo, en mi caso salí con mis compañeros de trabajo desde la oficina, ubicada en el Barrio Altagracia a solo unas cuadras desde donde horas después se ordenaría la masacre.

Recuerdo que llegamos a Carretera Masaya un par de horas antes de la salida de la misma, me impresione ver a miles de personas pese a la campaña de temor desarrollada por el gobierno.

Mientras esperaba al grupo de madres que encabezaba la marcha observé pasar a muchísimas personas, entre ellas rostros conocidos, eran vecinos y vecinas de mi barrio que antes no habían participado en nada, eran mujeres, jóvenes, adultos evangélicos, católicos, pequeños comerciantes, etc. que ese día decidieron acompañar a las madres de los asesinados.

Sentí que toda Nicaragua estaba allí, sentí que estábamos unidos por un vínculo forjado en el dolor de personas que no conocíamos directamente, pero al verlas enterrar y llorar por sus hijos se convirtieron en hermanas de lucha. En esas horas sentí que éramos invencibles.

Como el estruendo de un volcán que despierta escuchaba las consignas, entre ellas: “No tenemos miedo”, al parecer esta consigna causó muchísimo temor en Daniel Ortega y Rosario Murillo, pues minutos ordenaron disparar a matar a la multitud.

A eso de las 5 de la tarde al avanzar hacia la Universidad Centroamericana (UCA) observé que algunos regresaban, decían que estaban atacando desde el nuevo estadio Denis Martínez, yo no lo creí porque el mar de gente continuaba su marcha. Pero, un poco antes de llegar al centro comercial Metro centro un familiar que también regresaba, me detuvo, me dijo: No sigas avanzando que están disparando, por favor no sigas.

En ese momento sentí miedo, me sentí indefenso, el ruido de las balas me hizo caer en cuenta que el gobierno no tenía limites en su brutalidad y que estaban dispuestos a todo para aniquilar las demandas de justicia, democracia y libertad. Con mi grupo decidimos salir de la zona y resguardarnos.

La impotencia y la frustración nos embargaba. La alegría, el color y la algarabía se transformaron en unas horas en un inmenso dolor. Al día siguiente por unas horas acompañé a Doña Guillermina Zapata, madre Francisco Javier Reyes Zapata, de 34 años de edad, asesinado por un disparo en la cabeza en la marcha.

Puede ver a Francisco en su ataúd, ver la conmoción de sus familias y el llanto de su madre que lo amaba. Francisco era un hijo de un policía el segundo de los hijos varones de su madre. Todavía hoy me embarga una profunda tristeza al recordar las palabras de Doña Guillermina.

Tres años después el daño es irreparable, el dolor se ha transformado en indignación y una fuerte determinación de seguir luchando para que estos crímenes no queden en la impunidad y para que estos hechos nunca más se vuelvan a repetir. Tres años después de la masacre las madres no se rinden y continúan demandando justicia; Ortega y Murillo pensaron que con sus ráfagas de balas callarían la demanda de justicia, se equivocaron nunca como ahora las víctimas continúan firmes en su demanda de justicia.

Nunca como ahora las mujeres que lo perdieron todo nos siguen enseñando cuál es la ruta.

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